Cuando un trozo de madera se convierte en Casa.

Deambulo por nuevas calles una vez más, pero quizá esta no sea una vez más. Eso me repito siempre, y espero a que la ciudad me enamore. “¿Quizá esta vez me empadrone porque yo quiero y no porque un contrato lo dice? ¿O solo será otra bonita historia para mis suelas gastadas?” Eso tampoco es malo. Dejemos a la ciudad jugar sus cartas. Juguemos.

La ciudad me recibe con luces, colores y mucha mucha lluvia. Empieza bien y yo le sonrío aunque esté muy cansada. Aunque algo dentro de mi no vaya tan bien. Esas cosas del cuerpo, los cambios y las vísceras hablando a voz en grito. Y sigue lloviendo, y mi mapa se moja y hay más gente en las calles de la que puedo gestionar. Y sigue lloviendo, pero la madera flota.

Termino cenando en una mesa sucia, con marcas de tazas de té y restos de pizza, con chicos que me sonríen mientras cocinan pasta. Y yo ya no tengo fuerzas para sonreír por hoy.

Amanece y sigue lloviendo, y yo no encuentro lo que busco, pero un señor me sonríe y me dice donde encontrarlo. Y yo sonrío. Antes de volver a casa (por que donde duerma está mi hogar y lo llamo casa por costumbre) paro a consultar sobre esas vísceras que me gritan. Me dicen que no me preocupe y ya no lo hago más. Vuelvo a casa, la mesa está limpia y comemos juntos un sándwich y té con quien quiera pasar y hablar. Y aunque no me salen las bromas sonrío. Y así día tras día, con menos gritos de vísceras y más sonrisas. Con tés solitarios a las 6 am cuando la mesa está casi vacía y puedo ver sus cicatrices. De teteras hirviendo. De cuchillos mellados. De años. De humedad. De dilatar-contraer. De vidas cruzadas. De vidas paralelas. De vidas sin vida. Y sigue lloviendo, pero la madera flota.

Dejo esta Casa por un par de días, y cuando vuelvo hay nuevos compañeros de viaje que cuidaron mi Casa, la hicieron suya y ahora la compartimos. Y sigue lloviendo y vuelvo a estar muy cansada, y otra víscera tiene algo que decirme a gritos. Pero ahora estoy en Casa porque conozco sus secretos, sus heridas y sus luces. Porque las vísceras me gritan aquí y no en otro lugar. Porque suena la radio y hablo con ella. Porque te invito a tomar el té y lo preparamos juntos. Porque sé que el grifo de la izquierda gotea hagas lo que hagas y que el de la derecha hay que cerrarlo más fuerte, así que yo uso el del centro. Porque tengo mi lugar favorito en la mesa. Porque te busco en los pasillos y te encuentro, y sino te espero. Y sigue lloviendo, pero la madera flota.

Y un billete de vuelta dice que esa ya no puede seguir siendo mi Casa. Pero yo espero mis papeles de empadronamiento en esa mesa y en su lugar hay un ticket para ser feliz sea donde sea. Y sigue lloviendo, pero la madera flota. Y yo me voy sonriendo, sin saber en el bolsillo tengo la llave para volver.

Y ahora cada vez que agarro una taza de té veo esa madera y sus cicatrices. Y cuando no quiero sonreír siento su tacto en mis dedos y sonrío. Y cuando llueve mi nariz recuerda el olor a madera mojada. Y cuando me ahogo recuerdo que la madera flota y mi imaginación también y vuelo sin billete hasta esa mesa, tomo té y debato con quien quiera hablar. Y sonrío. Y aprendo. Y desaprendo. Y me empadrono sin firmar nada. Y las vísceras me gritan, y yo las escucho, pero no sé que responderles. Y sigue lloviendo, pero la madera flota. Y yo me agarro fuerte.

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