La leyenda del caballero sin heridas.

Erase una vez un joven caballero que necesitaba un escudo nuevo, una espada y estas cosas de caballeros. El chico tenía ahí una serie de adversarios a los que vencer y se lo comentó a una amable vendedora. Esta señora después de comprobar su peso y estatura le habló de una pócima de “coraza de protección total invisible” advirtiéndole de lo peligroso de estar totalmente protegido. El chico pensó que la vendedora no entendía nada. A él esto de “protección total” le sonaba bien, se veía así mismo pasando por encima de sus adversarios sin una herida y compró sin mirar más y sin hacer ninguna pregunta ni escuchar ninguna advertencia.

Los adversarios fueron llegando y su leyenda del “caballero sin heridas” se fue extendiendo. Pero no los derrotaba. Seguían allí. No lo herían, pero tampoco dejaban de amenazar. Así él continúo con su vida. Sin heridas. Sin derrotas. Sin problemas. Sin darse cuenta de que nunca entraba en la batalla real. Sin ver que la pócima de protección no dejaba que entrara la espada a través de su pecho pero tampoco le permitía terminar las guerras y empezar a vivir. Simplemente vivir.

Un día, con la coraza invisible puesta, escuchó sin querer una conversación ajena sobre pasión. Sobre besos reales. Sobre dolor que acaba en placer. Sobre mordiscos en el pezón que duele pero enciende el fuego en dos cuerpos hasta la combustión total. Se dio cuenta de que no lo entendía. No sabía qué era eso de lo que hablaban. Quería experimentarlo. No recordaba haberlo vivido. Aunque algo quería venir a su cabeza. Buceó en sus recuerdos y llegó hasta el día anterior a la compra de la pócima. Cuando desatendió aquél importante asunto de estado por estar preparando una sorpresa para aquella chica que le mantenía despierto con historias y risas, con mordiscos y besos. Con quien el tiempo simplemente se esfumaba entre calor y pasión. Hacía demasiado de la última vez que sintió aquello. Ahora que lo pensaba ella ya no estaba cuando volvió del mercado con la pócima aquel día.

Volvió a recordar las advertencias de la vendedora y ahora sí entendió lo de protección total. Había evitado lo malo, pero también se había perdido lo bueno de esta vida imperfecta e incontrolable. Y ahora el perdido era él. Entendió que la coraza se había convertido en un castillo del que ahora él era prisionero. Y prisionero en esa coraza no supo qué hacer.

En el papel de editora:  Beatriz.

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