Perú en 8 meses

Perú es enfoque de interculturalidad. Perú, un país, sierra, selva y costa. Mi primera reacción al llegar a Perú fue que era muy ruidoso. Y que en Lima no se dormía. Aún así en dos semanas ya no escuchaba el ruido y Lima me había conquistado. Sí, Lima y yo hemos vivido una historia de amor de 8 meses. Y ya saben el amor es eterno mientras dura, no se asuste nadie, no me he empadronado. Pero cuando llevaba un mes en Lima sin salir, me quemaban las plantas de los pies y tuve que salir a respirar. A descubrir la ceja de selva, a empaparme en cascadas y aprender un poquito más sobre cómo moverme en este país a base de un ensayo y error. Y cada vez que he estado fuera de Lima he aprendido más, he vivido más pero siempre he tenido un momento del día en el que quería volver Lima, que quería ver a mis amigas, que echaba de menos mi oficina, que quería cocinar en mi depa. Incluso hubo una vez que no quería volver, y pensé que ya no quería tanto a Lima, había estado bien sin ella y no la había echado de menos. Pero fue volver, eran las 7 am y Lima nos recibía con claridad, lo de salir el sol es mucho pedir a esas horas. Y esa claridad fue como un abrazo y tuve que sonreir y decir, es cierto Lima, te quiero, ¿qué hacemos?.

Perú ha estado lleno de primeras veces. En realidad cada cosa que hacía aquí era la primera vez que la hacía en este continente. Pero fue mi primera vez en la selva. Mi primera vez en una montaña a 5000 msnm. Mi primer canotaje, la primera vez que metía los pies en el Pacífico, mi primera rueda de prensa, mi primera actuación percusionil, …

Perú me ha puesto a prueba, me ha retado, me ha ilusionado y hasta me ha dejado heridas en la piel. He reido, he bailado salsa, he ido a reuniones de couchsurfing, he paseado por el malecón, … Y he trabajado, sí era una voluntaria pero lo que hacía era un trabajo. Y aunque cada tarea nueva era la primera vez para mi he aceptado el reto, he pedido ayuda y me lo he currado para hacer un buen trabajo, otros dirán si fue lo que se espera de mi o no. Y estoy feliz, no todas las tareas me gustaban, como en cualquier trabajo. Pero miraba alrededor y siempre me gustaba lo que veía. Lo mejor y lo más duro por la parte personal de esos días fue el levantamiento de información en Ticapampa. Dormir en aquel hostal fantasma y sentirme en casa, despertarme y no saber que me esperaba ese día pero saber que no lo olvidaría. Y no, no olvido a la gente que conocí y las ganas que me daban de quedarme con las gallinas con tupé.

En Perú he desaprendido hasta a andar, mi espalda dijo basta y acabé confiando en un quiropráctico que me crujió las cervicales y la cadera y después de dos meses soy más alta, doy pasos más cortos y avanzo mejor.

Pero claro todo no es color de rosas, 8 meses después me sigo cabreando con los taxistas que pitan por la calle. Y aunque digan que compartimos idioma es una broma y sigo sin tener claro lo que me quieren decir cuando dicen “sí, normal”. Aunque a veces lo uso cuando no sé muy bien que responder, #yoconfieso. Y hay días que duelen los 9600km que me separan de gente a la que quiero mucho y quiero apachar/abrazar. Pero llega un skype, o un whatsapp o un abrazo de alguien de acá y se lleva todo mejor y me doy cuenta de que todo es relativo.

Vivir supone pagar un peaje, en Perú he pagado el peaje de cumplir un sueño, de vivir una vida que es la quiero vivir.

Gracias por la oportunidad y a todos los que habéis estado acá y allá.

Gracias Perú

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